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Una vida entre lineas…

El mítico huevito de pascua

Recuerdo claramente ir entrando al supermercado y sobre la primera estantería estaba la visión mas maravillosa de todas: Un huevo de pascua gigante.

Esa imagen mental es de cuando tenía como cuatro o cinco años, y me acuerdo que era muy caro, entonces estaba absolutamente fuera del presupuesto familiar. Ese huevo medía como treinta centímetros de alto y estaba envuelto en papel metalizado de muchos colores amarrado en la punta con una cinta… A mi tierna edad ese era mi único objeto de deseo.

 

Con los años me volvió ese recuerdo, y cada pascua, por estos ultimos 5 años me  dediqué a buscarlo,  en los supermercados, en las tiendas, en alguna chocolatería, pero no… no está, desapareció y me dejó como un capitán Ahab en la paciente búsqueda de su monstruo…

 

 

El otro día estabamos haciendo la compra mensual y nos topamos con un pasillo lleno de conejitos, huevos, zanahorias y cuanto animalito se les ocurra de chocolate. Me acordé de inmediato y empecé a buscar, pero una vez más, nada! Entonces mi novio me dice: “tal vez el huevo gigante nunca existió, tal vez era uno de estos mismos (apuntándome al mas grande que había en el pasillo), la diferencia es que tu creciste” y ahí me pegue el alcachofazo… todo este tiempo perseguí una fantasía… una distorsión de un recuerdo de infancia (me fuí en la profunda, pero así me sentí).

Pero ahora me doy cuenta que a pesar de no tenerlo (el huevo gigante), igual la he pasado siempre bien, por ejemplo el año pasado nos fuimos a Bahía inglesa con una bolsa de huevitos y los comimos sentados en la arena, mi mamá siempre nos tuvo una mini canastita con la que nos despertaba el día domingo y cuando eramos más chicos mis papás  los escondían en el patio y era bakan. Este año estoy sola en casa, tal vez mañana compre algunos para compartirlos con mi amor.

Pero igual me queda una mínima esperanza, y quien sabe  si quizás  algún día me encuentre con él, con el mítico huevo gigante de chocolate.

 

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No me gusta el cine chileno!

Creo que a excepción de la película Paréntesis no me gusta ninguna película chilena.

Una vez leí que uno de los grandes errores de nuestro cine era ocupar a los mismos actores de las teleseries… tiene sentido para mí, aunque creo que eso no es todo, es algo más, como que siempre se trata del chileno charcha que habla a puros garabatos y en lo unico que piensa es en fornicar. Las pocas producciones nacionales que no entran en ese género son sobre adolescentes zorrones que lo que menos parecen son adolescentes y lo que menos tienen es ser zorrones, todos hablan como pavos, se visten como pavos y hacen puras webadas… o sea, una queda así:

Creo que al no tener recursos para una mega producción no queda otra que confiar en los actores y el guión, pero ¿por qué tiene que ser siempre lo mismo? yo sé que nuestra Historia como país es fuerte y parece de ficción, pero tampoco considero que haya que darle como bombo en fiesta. ¿Por qué siempre sexo? ¿Por que siempre la familia de la población que no tiene más recursos que hablar a chuchás? ¿hasta cuando los niñitos ABC1 carrteando hasta perder el conocimiento?

Por eso ya no veo cine chileno, esperaré sentada el día en que se rompa esa constante y tengamos un nuevo aire, aunque no sea más que una imagen en pantalla.

Películas de Semana Santa

Me acuerdo cuando era chica y no tenía idea ni de cable ni internet. La semana Santa traía más feriados y como mi mamá insistía en que  no se debía hacer nada en viernes santo, toda la familia se dedicaba a ver la tele y por consiguiente cuanta película religiosa apareciera en pantalla.

Recuerdo algunas hechas en animación con stop motion que me encantaban, eran historias del antiguo testamento que para mí parecían más cuentos que otra cosa. También unas lateras como la historia de Teresa de los andes y otras que a pesar de ser eternas eran imperdibles; como Jesús de Nazareth y Ben-hur.

Esta última no me la pierdo nunca, la repiten año tras año, y ahí estoy año tras año viéndola. Cada vez con peor sonido, cada vez con peor calidad de imagen, pero ahí está y para mí no verla es casi pecado. Me gusta tanto que la considero dentro de las 10 mejores películas que he visto en la vida y definitivamente dentro de las 5 que podría ver una y otra vez sin aburrirme.

La película trata sobre Judá Ben -Hur (Charlton Heston), un hombre que es injustamente acusado de intentar asesinar al gobernador, por lo que es condenado a morir remando en un barco de guerra, pero después de dos años estando ahi salva a un cónsul que lo adopta como hijo, concediendole titulos y riqueza, además de la posibilidad de venganza…

Si bien este rubio personaje es como todo fortacho y sudoroso,  igual se la gana a una porque por dentro es todo un amor. Además que con todo lo malo que le pasa es imposible no sentir ganas de ayudarlo a remar, o alegrarse un poco cuando el malo se cae del carro y es arrastrado por los caballos (spoiler? jajajja), en fin, es una película que aunque no tuviera nada que ver con Jesús sería igual de buenisima e imperdible.

Yo este año la volvía a ver, a pesar de que mi novio se reía de mi por lo apolillado de mi estreno… y una vez mas me volví a emocionar con el final (un par de lagrimones se me escaparon por ahí). Hace un rato me llamó mi madre y me dijo que hoy también la vio, y no pudo si no acordarse de mí… otra razón más para ser de mis películas.

Así es que para los que no son religiosos es una pelicula que hay que ver igual, aunque para mi siempre va a ser la mejor pelicula de semana santa .

El día en que conocimos a Adrián

Nunca fui muy amiga de los perros, en mi casa siempre hubo al menos uno y obvio que los quise muchísimo, pero con los otros perros, los de mis amigos, primos o los de la calle, simplemente nunca tuve onda. Después, como a los 18 me empezaron a dar miedo, así, de la nada me cambiaba de calle si venía alguno, si estaba echado durmiendo pasaba lo mas lejos y silenciosamente posible, me daba terror que el animal despertara sobresaltado y no encontrara nada mejor que morderme… en fin, en cuestión de perros me volví completamente paranoica.

Debo admitir que la idea de tener un cachupín se me ocurrió una vez que llegué a vivir acá, y empezó a rondarme cada vez más seguido, pero una vocecita interna me repetía “no, no lo hagas”, y seguí con mi vida convencida por aquella voz hasta que pasó lo que pasó : Un día pasando por el mercado de Antofagasta vimos que estaban regalando perritos, todos hermosos y gordos y lo más conmovedor : callejeritos que podían morir de hambre si nadie los adoptaba…

Recuerdo que nos volvimos al depa tristes, sabiendo que teníamos amor de sobra para un gordito… y después de mucho meditar tomamos una decisión.

Al otro día nos levantamos temprano especialmente a eso, a buscar al perro ideal: “chiquitito, obediente y de pelo corto” dijimos. Cuando llegamos donde los de la agrupación adopta un amigo habían cachorros por montón, unos blancos y peluditos, otros negritos que se notaba que serian muy grandes, un par de amarillos que dormían como lirones y entre todos ellos estaba él. Era el único que quería jugar, no estaba ni ahí con que lo tomaran en brazos y a pesar de todas sus magulladuras se veía feliz.

Lo elegimos así sin más, bastó mirarnos para saber que era él. Incluso la señora de la agrupación nos pregunto que si seguro que queríamos el “chasconcito”.

Adrián, fue el nombre perfecto y así sin más pasó a ser parte de nuestra vida.

adrian

Después de mejorarse de la sarna que tenía, le empezó a crecer pelo otra vez. Ahí descubrimos que tenía CEJAS, y ya no necesitó usar su chaqueta todo el día. También descubrí su amor por la jardinería, ya que podó todas mis plantas y nos dimos cuenta también de su energía inagotable.

En fin, amo a mi perro ( y como no amarlo cuando pone esta cara)

Ahora está proximo a cumplir un año, aun le gusta podar las plantas y a veces y solo a veces se cansa y nos deja descansar, pero en fin… no se parece en nada al perro que esperábamos tener, sin embargo es todo lo que podríamos necesitar…

Saludos perrunos y nuevamente gracias por leer 🙂

El comienzo de un viaje…

He decidido comenzar este blog para dejar por escrito este enorme, enormísimo paso de mi vida, dejar el rol de hija para lanzarme por completo a la vida de adulta (o niña grande mejor). Con todas mis cosas embaladas esperando por el camión de mudanza y con un par de bolsos al hombro partí desde Copiapó a encontrarme con mi amor, con mi vida nueva y con  un enorme desafío para este par de pollos acostumbrados a su valle.

A Antofagasta los pasajes.

El día que elegí para venirme no fue el mejor de todos. Había marcha estudiantil y las calles estaban cortadas, el tránsito desviado, me quedaban 5 minutos para que partiera el bus y media ciudad que cruzar. A si es que no quedo otra; tomé los bolsos y partí corriendo. Sí, corrí y sudé y casi se me fue la vida mientras un carabinero me decía que tenía que cruzar por otro lado (demás está decir que me lo pasé por donde sospechan). Al final llegué al terminal medio muerta cuando me avisaron cordialmente que el bus aun ni siquiera llegaba, porque la marcha lo había alcanzado apenas entró a la ciudad (si, corrí en vano).

Después de estar dos horas  esperando ( que me sirvieron para recuperar el aliento) y 8 horas de viaje junto al extraño de pelo largo llegué por fin (YAY)

Ahí me esperaba él, que había llegado unas semanas antes para arrendar un depa.

Ahora ya llevamos seis meses aquí, buscamos hasta encontrar el lugar perfecto para nosotros y es hora de volverlo nuestro nidito, que se note que es nuestro, que tenga un poquito de nuestra alma…

Departamento nuevo, comenzar una vida nueva, todo desde cero con esa persona amada. Un hogar, eso es lo que estamos construyendo y aunque los cambios son drásticos y repentinos (algunos insisten en que apresurados), nos han venido bien. Se siente bien disponer de nuestro espacio y utilizarlo como queramos, es rico comenzar a conocer esta ciudad que desde ahora será “nuestra”.

Las cosas que amo: El mar, despertar en las mañanas y ver el mar, es refrescante en verano y en invierno le da un toque especial, dan ganas de abrazarse y enrollarse en una sola bufanda (aunque la verdad es que no hace mucho frio).

Lo que no me gusta mucho: Que me robaron apenas llegué y mi celular pasó a manos de quien sabe quien y quien sabe qué cosas le han hecho al pobre, quizás y hasta lo han obligado a tocar música sin audífonos por la calle. Sad.

Lo que extraño: los cachureos que se me quedaron en casa de mis padres y que mi mamá en un arranque de aseo podría eliminar, tener patio y hacer ahi mis experimentos desastrozos y lo más terrible, acostumbrarme a que una lechuga puede costar hasta 800 pesos siendo que allá costaban 300.

Como último les quiero regalar un atardecer, visto desde mi cuarto (Díganme que es posible no amar una vista así)

atardecer

Hasta pronto y gracias por leer 🙂

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